Efectivamente, en Ceuta se están celebrando los 800 años de su presencia allí, como digo, su tarea tenía una misión bien concreta, la de convertir a la fe católica a los musulmanes que estaban en aquellas tierras. A fin de cuentas, su deseo no era otro que seguir las huellas de Ntro. Padre San Francisco que unos años antes había llegado a Tierra Santa con el mismo fin, la conversión al Amor, de todos aquellos que no lo conocen por medio del Amor.
Recordemos que la motivación original de San Antonio de Padua para unirse al grupo de los seguidores de Francisco era la de verse coronado con la palma del martirio como aquellos hermanos martirizados en Marruecos cuyos restos había contemplado a su llegada a Coímbra. La espiritualidad del martirio estaba revestida de una serie de aspectos importantes que encontramos frecuentemente en el pensamiento franciscano.
En todo este viaje hay tres realidades que no podemos olvidar y que son lo que en los tiempos que vivimos nos deben llevar a expresar lo que somos desde la coherencia y el testimonio sincero.
En primer lugar, es verdad que San Antonio marchó a tierra musulmana a convertir a aquellos que estaban lejos de Cristo pero desde el ejemplo de san Francisco, que no es otro que el del diálogo. Diálogo, que por otra parte, no puede llevarnos a relativizar lo que somos sino a ser capaces de descubrir en el otro como su vida de fe nos lleve a ver en nosotros los grandes regalos que Dios ha derramado en nuestro corazón a través de Cristo, como nos dijo Fr. Michael Perry ofm Ministro General. El diálogo es esencial, porque nos ayuda a escuchar, pero no un diálogo de un café, sino el diálogo que comparte la experiencia del encuentro con el Creador.
Pero ese diálogo nos lleva a repensar, como nos decía el Fr. Francesco Patton ofm Custodio de Tierra Santa en la inauguración del curso del Instituto Teológico de Murcia OFM, cual es nuestra tarea hoy en este diálogo, en primer lugar hacer descubrir al mundo musulmán una página de su historia que le es poco conocida, pero ante la cual queda estupefacto en el momento en que la conoce. Hoy es nuestra tarea volver a proponer esta capacidad de esperar en la posibilidad del encuentro y del dialogo, y atrevernos a vivirlos en los ámbitos cotidianos de la vida. No importa si somos tomados por soñadores, idealistas e ingenuos.
El segundo elemento que debemos ser capaces de cuidar, siempre acompañando a San Antonio y como no, siendo fiel a San Francisco, la necesidad de estar formado cuando se va a evangelizar. Tras la nefasta experiencia vivida con los primeros hermanos enviados a evangelizar Centroeuropa, en el Capítulo de las Esteras, reconoce que cuando vayan a evangelizar deben ir formados conociendo las culturas de las tierras que van a pisar y sobre todo ser capaces de comunicarse en la lengua de esas gentes.
Esta realidad se hace presente de un modo particular en aquellos que quieran ir entre sarracenos, que no vayan con ánimo de litigar sino con el deseo cierto de establecer la paz de Cristo y sobre todo la fe en la Trinidad que defiende el diálogo y la convivencia y la pobreza que se expresa en la libertad. Y aquí entra nuestro san Antonio que tras la experiencia fallida de poder evangelizar en tierras de Marruecos llega a Italia donde se repone de la enfermedad y cambia su decisión por dedicarse al estudio y la formación, siendo considerado por el mismo san Francisco como su “maestro”. Esta necesidad de la formación se entiende en la Orden desde sus orígenes no como acaparador de títulos que ocupa los mejores puestos en las universidades con más prestigio, sino más bien como un instrumento que ayuda a comprender las culturas ya llevar el mensaje de Cristo a todas las gentes. Por ello la Orden siempre ha entendido la presencia en Tierra Santa y en los países de misión como una evangelización a partir del diálogo con las gentes y sus costumbres.
San Antonio en su viaje que pasa por Ceuta, nunca olvidará su deseo de evangelizar infieles y por eso los estudios y los de sus hermanos los encauza en esta dirección de la evangelización. La misión y la formación van de la mano puesto que es una misión que se caracteriza por un caminar por el mundo, entre la gente, mezclándose con el pueblo, anunciando la paz, sin litigar por motivo alguno, sometiéndose a toda criatura, trabajando en cualquier trabajo honesto (Test 20).
Y el tercer elemento que no es tanto fruto de este viaje sino que va insertado en la vocación franciscana de San Antonio es la búsqueda de la justicia del más indefenso, la necesidad de luchar desde lo que somos para que el pan y la justicia lleguen al más desfavorecido.
Por supuesto que el estudio de las leyes están presentes en el santo paduano pero no podemos considerarlo un jurista, sino un hombre justo. Definición que la da el pueblo de Israel a aquellos que sin ser judíos han dado su vida por ayudar al necesitado sea de la religión que sea. Por ello, la búsqueda de la justicia es una realidad en la teología del franciscano.
Algo intrínseco al franciscano es el no poder permanecer indiferente al que necesita un mano que ayude en cualquier situación, ya económica ya espiritual. Por eso, el compartir lo poco que se tiene con el que aún tiene menos es una necesidad en los orígenes de la Orden.
La solidaridad y el compartir buscando no sólo el cubrir las necesidades de un modo asistencial, sino sobre todo, desde la posibilidad de ayudar al que lo necesita que pueda librarse su propio camino y dejar de tener la necesidad de que sean los demás los que le den para vivir, lo cual es otra forma de esclavitud.
En definitiva en este aniversario de los 800 años de la presencia de San Antonio de Padua en Ceuta debe servirnos a los franciscanos, y en este caso, a la familia franciscana a darnos cuenta de la necesidad de un diálogo con los no creyentes desde el testimonio que se forma en las raíces de la teología franciscana y lo conduce a la ayuda aportando el pan y la búsqueda de la justicia para los más necesitados de la sociedad.
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